
A Alain Vigneau
Crecí en un pueblo sembrado de palmeras.
Cada palmera crece de una tierra endurecida por la sal.
Su verde opaco extiende de cerro a cerro
semejando un mantel bordado de hojas
hasta las puertas del desierto.
Más allá todo es roca negra.
Ardiente voz de gigantes que habitaron el mundo.
En el centro de mi pueblo habita un jardín de laureles descomunales.
También una iglesia de piedras rosadas
que un día pretendió ser un convento.
Ambas naturalezas,
las maderas vivas y la piel ígnea de los muros,
me mostraron desde niño el sentido contradictorio de la vida.
A la sombra de los laureles el color vuela una plegaria
al latido de la tierra.
En el campanario de la iglesia supe del miedo.
Las dos condiciones de la materia
me enseñaron a ser hombre y esclavo.
Así clavaron en mí los rasgos que me hacen.
Soy el verde brillante de las hojas humedecidas por el sereno
y la vehemencia.
El retablo asoma desde mis ojos la rigidez del oro.
Perfección y flujo.
A veces ambas envolturas me han salvado.
Una en cada momento.
Y también han derrumbado mi cuerpo ante el infierno y el caos.
He pasado medio siglo tras las hojas que ocultan
la luz colgada de las rocas.
Un sendero guiado de parvadas negras.
Otro suave como la piel de una mujer recién abierta a la vida.
Uno más, llovido de piedras.
Rayos de luz brillosa de opacos.
Pulcritud y mugre.
Contradicciones a lo largo de la tierra reseca de sal
de la que les hablo.
Tierra que alimenta las venas de los emparrados
y envejece su cáscara ocre como una capa de tierra
perteneciente a las capas más profundas de la tierra.
Tierra en la dulce carne salobreña de los dátiles.
Tierra en lucha dentro de mí formando estatuas
para representar la vida.
Sal que extiende hacia el mar al encuentro de su madre.
Que engaña y regaña.
Muerte que despeña al centro.
Vida soñando cuando volaba.
Esperanza y realidad.
Fantasía y rigor.
Una capa fina sobre el rostro de la tierra la endurece
y la hace brillar con las luces del universo.
Vida y muerte desde niño.
Así aprendí a caminar.
Comer. Hablar. Sonreír. Llorar. Fingir. Engañar. Amar.
Morder el alma y acariciar los ojos.
Meter mis dedos en las partes vivas del cuerpo.
Devorar gusanos.
Llamar por las noches.
Encantar serpientes. Desencantar mujeres.
Caminar sobre las montañas.
Meterme bajo la cama.
Amamantar hijos y amedrentar la dicha.
Correr a la orilla del mar para asombrarme de su grandeza
y encerrarme bajo las cuatro paredes de su encogimiento.
Despreciar al otro y cuidar al propio.
Destruir los sueños.
Construir casas en los árboles y brisas en el casco
de un barco en alta mar.
Y atardeceres en los ojos de quienes me amaron
o fingieron a amarme
y yo les creí para sobrevivir al vacío.
Por las mañanas el frío de mi pueblo aún me apuñala el rostro.
Es un frío agudo igual a los alfileres de la conciencia
en algún instante del tiempo.
Se mete por las rendijas de las casas el frío.
Y en el alma.
Nos enseña a entender que nada existe
más allá de su condición helada.
Nos acribilla de franquezas y nos desciende a la tierra
para que vivamos en su aire gélido
los encantos y desencantos de la vida.
El frío es azul.
Y es honrado como los muros del desierto.
No tiene matices. Es o no es.
Derrumba las mentiras que nos hacemos
para superar la muerte de todos los días creyendo vivir.
Es duro. Sí. Como los ojos del payaso
que habló verdad de mí
y blando como su nariz roja en mi esencia.
El frío de mi pueblo mata para deshacer la efigie de sal.
Y construir ventanas hacia los palmerales
que entran por mis ojos y vuelan en el sonido de los pájaros.
Al final del sendero blanquecino y duro de las aves dormidas al sol
he iniciado el suave camino de la vida.
En una sola paleta de colores
Juicio. Maternidad. Vergüenza.
Sensatez. Mentira. Protección. Indiferencia. Apatía. Ira. Lealtad.
Todos los que soy. Los que no soy. Los que fingí ser.
Se concentran para caminar conmigo el azar y la certeza.
Esa es la vida.
El crepitar de los colores sobre las hojas de los laureles
y la dura simiente de la iglesia.
Mi pueblo me espera.
Hace de mí lo que un día destruyó.
Empieza el camino.
Voy descalzo esperando la muerte y el renacer del agua.
Algunos dicen que bajo la tierra de mi pueblo corre un río misterioso.
La madre del agua.
Despiadada serpiente envuelta de piel gris que devora el alma.
Asesina. Descomunal sombra del miedo.
Pero yo
me tomo de tu mano payaso.
Sonrisa oculta.
Descubridor de continentes internos.
Amasador de pulmones y gargantas y ojos
y de sangre para descaminar la vida.
Que de eso se trata la muerte.
Por Alejandro Zúñiga