
Mi nombre es Claudian Eneida Salinas Ruiz y a través de estas líneas me gustaría compartir el testimonio de lo que Clown Esencial ha hecho en mi vida.
El día que pedí informes sobre Clown Esencial, tuve la fortuna de haber sido atendida por Guadalupe Maurer. Sin hacer más relevante nuestra plática, las palabras que más resonaron en mi ser, fueron las siguientes: «con Clown Esencial ocurren milagros», internamente pensé: «¿cuál sería mi milagro?». Sin más me dejé llevar por la intuición, reconocí el llamado de mi buscadora interna. Si bien no tenía idea con qué me toparía, sabía con certeza en ese momento que este era el camino.
Inicié con el camino de iniciación al Clown Esencial y Clown Mix, los cuales fueron el parteaguas para tomar el Entrenamiento. Es así como mi milagro comenzó a gestarse desde los primeros talleres, haciendo un trabajo profundo de reconciliación con mis padres desde la niña herida que me habitaba, especialmente con mi padre.
Pase los últimos 36 años de mi vida contándome la historia de que no había tenido padre, pues mi padre biológico nunca se hizo responsable de mí y mi madre al año de nacida se mudó de ciudad, con lo cual se perdió contacto. Así sin nombres o apellidos crecí desarraigada de lo masculino en mí. Lo único que sabía es que se llamaba Ventura (tal vez la aventura con más implicaciones que jamás haya tenido mi madre, ahora lo veo.)
En el taller de iniciación me costaba mucho trabajo realizar los ejercicios imaginando a mi padre. Sin rostro alguno que ilustrar, tan sólo confiaba que, al invocar su energía, algo surgiría para ir acomodando los espacios vacíos de mi ser. En aquella ocasión, recuerdo haber recuperado la vitalidad de mi cuerpo, y contactar con una profunda alegría que ya hacia dormida en mí, pues con una madre depresiva no podía permitirme estar tan vida mientras ella vivía muerta en vida.
Con Clown Mix, fui un poco más profundo. Recuerdo haber hecho una improvisación en donde mi compañera y yo vendíamos retiros espirituales con rituales para sanar a las personas. Y ahí estaba yo jugando en mi mundo de ficción cuando de repente Alain metió a escena a un compañero representando a mi padre… Aunque me congelé, por primera vez, en muchos años estaba obteniendo una imagen de solución del fantasma que había estado siendo mi padre para mí; entendiendo que esos vacíos que había estado intentando llenar con hombres en mi vida, eran sólo la necesidad de buscar la energía de mi padre en todos ellos.
Llegó a mi vida el Entrenamiento en Clown Esencial y con ello la energía de mi padre; y la reconexión que tuve con mi niña “Clowndiancita” fueron creando un base de mucha más confianza en mí, sin saber que se estaba gestando la apertura de una memoria sumamente dolorosa y reprimida en mí. Justo a la semana de haber tomado el módulo 1 del Entrenamiento, con toda la efervescencia que aun recorría mi cuerpo por haber revivido del inframundo en donde se encontraba mi niña, elijo mirar el documental «Brin de Amour. Si bien no recuerdo con claridad la escena, lo que sí recuerdo es la sensación de sentir como el rompecabezas de mi vida comenzaba a unir todas las piezas… y ahí, en un microsegundo, sentada en la sala de mi casa, se abrió la memoria corporal, tomando consciencia de que sí había tenido padre… un padre de crianza, un padre que la vida había traído a mi para compensar la ausencia de mi padre biológico. Su nombre era Clemente López Raigoza (Y vaya que me enseño la raíz del gozo tal como su apellido.)
Este hombre había entrado a mi vida cuando yo tenía apenas un año de vida, y se había marchado cuando yo tenía 5 años. Todo este tiempo lo había mantenido congelado de mis recuerdos. Solía contarme que había sido uno de los tantos novios de mi madre y que su presencia en mi vida para nada había sido significativa. Sin saber que la impronta de su ausencia me había dejado congelada, vacía y a la deriva cual barco sin faro que le dirija.
Vinieron a mí, las palabras de Alain cuando mencionó que el problema con los padres ausentes es que nos dejan como pájaros a la deriva, que no confían en poder volar porque no tienen rama en donde posarse para descansar. Así pude tomar consciencia de que en efecto sí tenía mi propia rama, que aunque efímera me sostuvo en los años más básicos de mi infancia.
Llamé a mi madre pidiendo saber la historia de su relación, con lo cual descubro que habían sido amantes por casi 5 años y que, al cabo de ese tiempo, la esposa de don Clemente, lo amenazó de no volver a dejarle ver a sus hijos si seguía con mi madre. Dejándole una nota a mi madre en un espejo donde le expresó lo siguiente: “Te amo, pero antes de ser hombre, soy padre”.
Aquella noche, se me vinieron todos los recuerdos y la nostalgia de su ausencia como un bálsamo de agua dulce a mi corazón. Después de tomar terapia para integrar mi descubrimiento, pasé unas horas abrazada a mi madre llorando la ausencia de papá Clemente que había tenido a bien amarla y que era tan significativo en mi vida. Él fue el único con quien yo había visto feliz a mi madre, sosteniéndola e incluso ayudándola a criar de sus tres hijos ajenos. Aquel hombre había sido el único que no abusaba de ella, como lo fueron los subsecuentes. Si bien su amor pareció ser clandestino, su amor fue genuino por lo menos el tiempo que duró.
De tal magnitud fue este descubrimiento para mí, que lo que devino de esto, fueron enormes tomas de consciencia, en cuanto a mis patrones y mecanismos defensivos.
Entendí que cuando algo me hiere profundamente, me congelo, olvido, aplasto el recuerdo, haciéndome contactar con un vacío existencial que me deja a la deriva sin pertenencia de mí, ni de nadie.
Cuando papá Clemente se fue, experimenté por partida doble la herida del abandono. No sólo mi padre biológico me había dejado, ahora mi padre de crianza se había marchado, sumergiéndome en un mar de insuficiencia, donde no importaba todo lo que mi niña hiciera por conquistarle, seducirle, amarle; al final se marchaba, llevándose consigo mi alegría, mi espontaneidad, mi creatividad, y otras tantas cosas más. El tiempo que él sostuvo mis pasos, este había sido el único que me alentaba a cantar, bailar, saltar, incluso hacer clown (ahora lo veo). Clemente me otorgaba la mirada, aquella que mamá no podía darme tanto como yo lo demandaba.
Y así en mis vinculaciones, en este juego de proyecciones, donde vivía haciendo de todo y por todos para conquistar solo por miedo a contactar con el abandono y la profunda soledad que la ausencia de mis padres me dejó.
Al poco tiempo, decidí buscarlo, contactando a uno de sus hijos y facilitándome el acceso mediantemente a lo que fue de la vida de papá Clemente después de su partida, que por si fuera poco ocurrente, resultó que vive en la ciudad de Puebla, justo en la Sede del Entrenamiento. Sé que el alma, siempre sabe a dónde regresar a casa, y yo regresé a mi casa interna al darle lugar a mi pasado, mis recuerdos y mis memorias. Pude volver habitarme, pude recobrar y rescatar mi lugar de pertenencia con dignidad. Si bien no he tenido acceso directamente a él, por lo menos sé que me recuerda con el mismo cariño que yo le recuerdo. Mi nivel de inseguridad y ansiedad bajo de un 100% a un 80%, acuñando la fuerza que me dio, como mi centro, entendiendo que en la vida llegarán personitas mágicas a contribuirnos, algunas de estas se quedarán y otras como Clemente se irán, sin necesariamente irse del todo de nuestra vida.
Gracias a este profundo trabajo pude finalmente decirle adiós a una relación de abuso de casi 11 años con el padre de mis hijas; sosteniéndome en mí, sin colapsarme y donde evidentemente por mi historia familiar, seguía perpetuando el miedo al abandono, abandonando lo más genuino de mi ser con tal de sostener el ideal de una familia.
Continúa en la parte 2…
Por Claudian Salinas
4ta. Generación en el Entrenamiento Internacional de Clown Esencial, CAE Puebla.